GUADALIX DE LA SIERRA, UNA CASA Y UN BOTÍN
GUADALIX DE LA SIERRA, UNA CASA Y UN BOTÍN
En breve comienza la onceava edición de “Gran Hermano”.
Me invaden sensaciones entremezcladas: Añoranza, orgullo, gratitud y el hecho patente de que los días, semanas y meses se tornan fugaces cuando uno tiene la fortuna de tener a la felicidad como compañera de camino.
La víspera de mi 35 cumpleaños entré a la casa de “Gran Hermano 10”. Mi primera emoción fue la incertidumbre. Le prosiguió el entusiasmo, por encontrar a compañeros con los que esperaba compartir solidariamente aquella aventura. Jamás pensé en sentir incredulidad ante las sorpresas que me provocaban las reacciones de la mayoría de mis acompañantes, ni la batida hacia mí que aquello provocó y me obligó a utilizar mis armas de defensa que hubiera deseado mantener en mi maleta.
Mi primer contrincante fue Mirentxu, que apostillaba que mi risa le perturbaba sus horas de sueño cuando en esas veladas me acompañaban otras personas que participaban como yo de las tertulias.
Estoy seguro que el primer capítulo de mi cruzada particular fue el protagonizado junto a Carlos Hoya, a partir de una inocente y educada mención que hice sobre el racionamiento de la comida. La convivencia siempre es difícil y se deben debatir las diferentes opiniones. Lejos estaba yo de sospechar que acababa de enfrentarme con mi gran enemigo, que ya acumulaba resquemor desde el primer segundo de nuestro encuentro en la casa.
La llamada “Casa 10” me abrió sus puertas gracias a la decisión de los televidentes, allí estaba Orlando dándome la bienvenida y proporcionándome cierto alivio al pensar que por fin iba a contar con un compañero de ruta. Junto a él me recibió el matrimonio que fingía ser desconocidos y mi ya conocido adversario, Carlos Hoya.
Creo que las pruebas que el concurso nos imponía con el fin de conseguir un presupuesto semanal eran responsabilidad de todo el conjunto, y por lo tanto, las valoraciones ya fueran positivas o negativas tenían una responsabilidad grupal. Aún así acepté mi error tras la pérdida de la prueba de las cabinas, y no me arrepiento de ello, pero eché en falta que Orlando admitiera que colaboró en aquel hecho: Yo me adormecí en la cabina y perdí la perspectiva, pero si él me hubiera relevado en el momento preciso en lugar de ocuparse de sus quehaceres matutinos, los acontecimientos hubieran sido muy distintos.
Sin juicio previo se me acusó e inculpó.
“Al tiempo le pido tiempo, y el tiempo, tiempo me da”. El tiempo demostró que todos y cada uno de los que nos encontrábamos allí podíamos tropezarnos con el infortunio de ser los artífices de desencadenar el fallo de una prueba y yo jamás utilicé ese comodín como alegato contra nadie. Incluso Julito cometió un fraude y ante mi sorpresa, ninguno de los inquilinos de la casa se aventuró a reprocharle esa falta.
El gran regalo con el que se me compensó por aquellas batallas estudiadas, se llama Almudena. Con ella conseguí una afinidad más real que con Orlando: Nos demostró ser una mujer de opinión, valiente, solidaria, con sangre en las venas y dio una magistral lección de lo que significa la amistad, defendiendo al atacado sin importarle las repercusiones que podría haber ocasionado esa actitud en su propia imagen.
Resulté vencedor gracias al 69.8% de los votos de la audiencia del programa.
Rebotaron réplicas por parte de mis compañeros (Mirentxu, Carlitos, Gema, Nani… el “Comando G”) que calificaban mi galardón de tongo, timo, estafa…, sólo puedo decir que cuando juegas has de recordar que cabe la posibilidad de perder y por lo tanto, la decencia reside en saber aceptar el triunfo ajeno y admitir la propia derrota. Pero ni comparto ni tolero la idea de que se me eligiera como ganador gracias a una imagen de victimismo, por la cual el público apoya al más frágil sin tener en consideración ningún otro criterio. Considero dicho razonamiento como un insulto a la gente que apoyó mi victoria.
Tras mi encierro voluntario pude acreditar la razón del inmenso apoyo que se me había otorgado:
Se gana Gran Hermano cuando tu preocupación diaria es intentar divertirte consiguiendo sin deliberación el disfrute del público.
Cuando no abandonas tu propia opinión y la expresas libremente a pesar de encontrarte constantemente en tela de juicio.
Cuando no desoyes las injusticias ni ignoras el sufrimiento ajeno, sean o no afines a ti.
Cuando el propósito de ganar no se convierte en tu guión ante las cámaras, desentendiéndote de las consecuencias que tus actos provocan sobre tus contrincantes.
Cuando no avivas cualquier discusión y acto seguido haces mutis por el foro, “A rio revuelto, ganancia de pescadores”.
Se gana Gran Hermano cuando eres genuino y lícito, en definitiva, uno mismo.
Iván Madrazo


